miércoles, 2 de enero de 2008

Los globos y la ley de la gravedad

ya es grave que haya una ley que pene el peso de los deseos. Pero así es. Cada uno cogió su cartulina. Algunos dos. Un abusón, tres. Unas azules, otras grises; unas anaranjadas, otras violetas. Los globos cargados de helio se empeñaban en empujar el techo.

De sus lazos amarillos colgamos las cartulinas, perforadas convenientemente en una esquina. ¿Cuántos globos había? ¿15? ¿20? No los conté, pero no fueron suficientes para impedir que el peso de los deseo venciera sus ganas de subir al cielo.

¿Qué hacer si los deseos estaban escritos y no había manera de que se los llevase el Año Viejo? Ni siquiera el Año Nuevo, recién despierto, era capaz de llevarse decenas de palabras...

Rociamos con un gel azul las tarjetas. Un gel acelerador del fuego... Les prendimos fuego en el jardín y empezarons arder y se soltaron de los globos y los globos volaron y los deseos se volatilizaron en forma de ceniza...

Me prendí una sonrisa en la boca que guardé toda la noche. Bueno, hasta las seis de la mañana, cuando abandoné las sábanas calentitas porque un ruido en el salón me devolvió a la realidad. No sé qué habrá pasado con los globos, pero sí sé lo que deseo. Y sé que se cumplirá.

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