viernes, 9 de julio de 2010

Punto

Me despierto en un hotel cerca de Gredos.

Un hotel de pueblo, en el peor sentido de la palabra. Limpio, alicatado hasta el techo, pegado a la carretera.

Un hotel feo con premeditación y alevosía. La habitación es hortera de muebles, hortera de ambiente. Es hortera hasta el aire que la llena. Y mira que es difícil conseguirlo. Pero se nota que los dueños han hecho un trabajo a conciencia.

Estaba fría cuando llegué y sigue fría esta mañana a pesar del calor que ha procurado la calefacción. Los cristales empañados de toda la mierda que he soñado y de toda la mierda que he dejado de sonar esta noche.

Desde la ventana se ve una carretera y un pasar de coches provinciano y soso. El desayuno es una birria de napolitana grasienta y un café con leche insulso. Me cago en este pueblo, me cago en Avila, me cago en España por parir pueblos como este y tipos como yo. Me cago en mi suerte. He cambiado la tristeza asfixiante de Madrid por una rabia rural que por lo menos me permite vomitar.

Sólo bilis.

Pongo un punto y final con más miedo que otra cosa. Miedo a no saberlo mantener. Miedo a que no sea punto final sino punto y aparte, miedo a que no sea ni siquiera un punto sino una coma indecisa y nada más. Subida en tu altar, siempre has pensado que mis puntos eran suspensivos.

Aunque suene a bolero no vas a encontrar a nadie que te quiera como yo.

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