No he podido resistir la tentación de comerme un par de gominolas.
Exactamente 5.
5 es una cifra extraña para formar "un par".
Estaban bastante duras, llevan ahí desde diciembre.
Eran gominolas del Tipo: Moras. Subespecie: Gordas. Color: rojo y negro.
Hay básicamente dos maneras de comerse las moras, a saber, una es masticarlas sin preámbulos ni compasión y dejar que esa explosión de sensaciones dulces inunde la boca. La otra es chuperretearlas dentro de la boca hasta que se desprenden los granitos, dejando que se disuelvan éstos sin morder. Y luego ir notando como se ablanda y mengua el cuerpo desnudo de la mora. Mengua en tamaño pero desde luego no en su capacidad de proporcionarnos placer.
El primer método proporciona un éxtasis orgiástico intenso y desordenado, con aromas de pecado carnal, lo que se denomina comúnmente el aquitepilloaquitemato de las gominolas. Mientras que el segundo es un striptease sensual, adagio lento ma non troppo, y los dulzores se dosifican en un retropaladar largo y lleno de matices. Este segundo método es mucho más peligroso: provoca adicción.
Recuerdo a Amanda, mi adorada Amanda.
Húmeda, dulce y tierna.
No consigo acordarme de qué color tenía los ojos.
Pequeñas historias, melodías de insomnio, mensajes en envases de aire, días de tristelicidad...
jueves, 20 de mayo de 2010
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