He cenado un poco de gazpacho,
un poco de tortilla
y un poco de sobrasada.
Con un poco de pan
y un poco de vino.
He recogido la mesa. Lo último siempre son las migas.
Es fácil quitar las migas con un trapo, llevarlas a la mano y de ahí inexorablemente a la basura. Es fácil siempre que no te detengas a mirarlas a los ojos. Ya, ya sé que las migas no tienen ojos. Es una manera de hablar, me refería a mirarlas a la cara (lo de delante es la cara, eso no admite discusión).
Las migas no son como las hormigas, gregarias, sumisas y poco imaginativas; no, tienen un sentido muy fuerte de la individualidad y son altivas y tenaces. Están orgullosas de ser lo que son: migas. Y sus razones tienen, porque consiguieron pasar dos pruebas cruciales: la primera segregarse de la barra, dejar de ser pan para ser miga. ¿Qué muestra mayor de valentía puede haber que dejar la cálida y tierna hogaza para encontrar un sitio en el mantel? La segunda: no haber perecido en las fauces del comensal. Si yo fuera miga también estaría orgulloso ¿Tú no?
Da igual cómo cortes el pan, las migas jamás se distribuyen por la mesa en formación, otra prueba más de su talante libertario. Por eso la gente las coge rápidamente y las lleva a la basura sin atreverse a mirarlas, cobardemente. Porque si tú miras cara a cara a una miga, a una concreta, es imposible que te abstraigas de esa personalidad indómita y cometas miguicidio. Los que hemos cruzado la mirada con una miga jamás lo olvidaremos.
En los restaurantes caros sacan una paleta limpia y reluciente, simil plata, para recoger las migas. Algún simple pensará que es por deferencia hacia el cliente y por ostentación. No, es por deferencia y muestra de respeto a las migas en su viaje postrero.
He cenado un poco de gazpacho,
un poco de tortilla
y un poco de sobrasada.
Con un poco de pan
y un poco de vino.
Y luego me he quedado un rato observando a las migas: su templanza y su dignidad ante cualquiera destino que les espere. Y con el corazón limpio y sereno, humildemente, he contemplado su ejemplo. Intentaré incorporar a mi vida en adelante algunos rasgos, por modélicos.
Una pregunta para que reflexionen y tomen conciencia. Si el Congreso de Estados Unidos y la Casa Blanca y el Senado estuvieran ocupados por migas en vez de por representantes de Cincinati y de cosas peores ¿Habríán invadido Afganistán, Irak, etc?
Pues eso.
Pequeñas historias, melodías de insomnio, mensajes en envases de aire, días de tristelicidad...
martes, 12 de septiembre de 2006
lunes, 11 de septiembre de 2006
Asidero
Me meto en la cama. Me tumbo del lado derecho con el brazo estirado por debajo de la almohada. Sale mi mano del embozo y queda tocando la mesilla. A las horas que yo me vot a dormir no tengo ganas de plantearme por qué.
A veces la mesilla a la que me agarro es una tabla de naúfrago. Por si la noche va mal. Por si se me fue la mano con el vino. Por si en pesadillas caigo en uno de ésos vértigos geométricos sin final que tanto agobio dan. Pues yo agarrado a mi mesilla.
A veces es una botella de ron casi vacía. Y yo un navegante ajado y templado en cien tormentas.
A veces la mesilla es la barandilla por la que subo a los sueños. Me agarro para no caerme porque mis sueños aceleran, frenan... van hacia delante y hacia atrás, inlcuso al mismo tiempo.
A veces la mesilla es alguien. Lo noto porque la madera toma el tacto de una piel. Suave y cálida. Entonces me duermo tocando a otra persona. No hay manera más dulce de dormirse que en contacto con alguien. Mi mesilla es entonces una mano, una espalda...
Dormir es empezar un viaje. No lleva uno maleta. Va casi desnudo. No hacen falta vacunas, ni pasaporte. Pero conviene llevar un asidero. Por precaución.
A veces la mesilla a la que me agarro es una tabla de naúfrago. Por si la noche va mal. Por si se me fue la mano con el vino. Por si en pesadillas caigo en uno de ésos vértigos geométricos sin final que tanto agobio dan. Pues yo agarrado a mi mesilla.
A veces es una botella de ron casi vacía. Y yo un navegante ajado y templado en cien tormentas.
A veces la mesilla es la barandilla por la que subo a los sueños. Me agarro para no caerme porque mis sueños aceleran, frenan... van hacia delante y hacia atrás, inlcuso al mismo tiempo.
A veces la mesilla es alguien. Lo noto porque la madera toma el tacto de una piel. Suave y cálida. Entonces me duermo tocando a otra persona. No hay manera más dulce de dormirse que en contacto con alguien. Mi mesilla es entonces una mano, una espalda...
Dormir es empezar un viaje. No lleva uno maleta. Va casi desnudo. No hacen falta vacunas, ni pasaporte. Pero conviene llevar un asidero. Por precaución.
domingo, 10 de septiembre de 2006
sábado, 9 de septiembre de 2006
De cintura para abajo
Pelos. Piernas. Pies. Pene. Penurias. Picardías. Peligros. Principios. Problemas. Pelos. Preguntas. ¿Puedo? Planes. Please, ponme. Pasión. Pantalón.
De cintura para abajo
pelos, piernas y pies
¿Quién dijo pene?
De cintura para abajo penurias,
picardías. ¡Qué peligro!
Por principios no me gusta buscar problemas.
Sí, más pelos, ya lo sé.
De cintura para abajo surgen varias preguntas.
Por ejemplo ¿puedo?
Alguien llegó y me dijo: pasa.
-No tengo planes
-Mejor
Yo pensé: please. ponme.
Y tú pensaste: pasión.
De cintura para abajo poco.
Demasiado pantalón.
De cintura para abajo
pelos, piernas y pies
¿Quién dijo pene?
De cintura para abajo penurias,
picardías. ¡Qué peligro!
Por principios no me gusta buscar problemas.
Sí, más pelos, ya lo sé.
De cintura para abajo surgen varias preguntas.
Por ejemplo ¿puedo?
Alguien llegó y me dijo: pasa.
-No tengo planes
-Mejor
Yo pensé: please. ponme.
Y tú pensaste: pasión.
De cintura para abajo poco.
Demasiado pantalón.
jueves, 7 de septiembre de 2006
De cintura para arriba
Me siento a escribir un post y noto que me miráis por encima del hombro.
Sí, tú, el postero.
Y noto la responsabilidad de hacerlo bien. Aunque no tenga ni idea de qué es "hacerlo bien". Ya están los posteros y la responsabilidad.
Pero llegan también algunos de los escritores que me gustan, y miran de soslayo (a toda velocidad miro en el diccionario "soslayo", intentado que ninguno se dé cuenta, no lo consigo a tenor de las risitas).
La habitación es pequeña, en Madrid hace calor... ¡somos demasiados aquí juntos! Me corre el sudor por la frente, los dedos no se mueven encima del teclado. Siento agotamiento y soledad. Concretamente el agotamiento y la soledad propios del escritor. Para quien no los conozca, diré que este agotamiento y esta soledad son como los normales de toda la vida pero edulcorados, aburguesados, contrachapados y memos. Un escritor no suele estar solo, se rodea de gente constantemente. En segundo lugar los escritores trabajan bastante poco, ¡por qué iban a estar agotados!. Son sentimientos un poco de cartón piedra, exagerados y falsos, pero según estaba la habitación de gente... esos sentimientos entran y agobian, no sirven para otra cosa pero agobian.
Suena el timbre.
Es un antiguo profesor de literatura del instituto. El que me puso sobresaliente en aquella redacción. Que pasaba por aquí... pienso notefastidia y digo encantado, pase.
Voy a cerrar la puerta y aparecen mi padre, unos tíos, y el abuelo que escribió una novelita de joven. Recupero mi sitio delante del ordenador a duras penas. Voy a darle a la primera tecla cuando noto el aliento de todos vosotros en la nuca y el dedo no consigue alcanzar el plástico. Así que me levanto y os mando a todos a tomar viento fresco (a sabiendas de que eso, esta precisa noche, en Madrid, plena ola de calor, es imposible). Os habéis ido a regañadientes, unos más que otros, y yo me he puesto un vaso grande de agua (que en mi relato aparecerá como güisqui).
Ya estoy listo.
Solo.
Pero como empecé el día de currante, seguí de aficionado al bricolaje y acabé de padre.... no sé, estoy cansado y se me cierran los ojos. Y es una pena porque liberado de vuestras miradas empezaba a sentirme pleno y se me ocurrían muchas cosas. Alguna de ellas incluso ingeniosa.
Hace calor.
Y estoy desnudo de cintura para arriba. Esto no lo había dicho.
Sí, tú, el postero.
Y noto la responsabilidad de hacerlo bien. Aunque no tenga ni idea de qué es "hacerlo bien". Ya están los posteros y la responsabilidad.
Pero llegan también algunos de los escritores que me gustan, y miran de soslayo (a toda velocidad miro en el diccionario "soslayo", intentado que ninguno se dé cuenta, no lo consigo a tenor de las risitas).
La habitación es pequeña, en Madrid hace calor... ¡somos demasiados aquí juntos! Me corre el sudor por la frente, los dedos no se mueven encima del teclado. Siento agotamiento y soledad. Concretamente el agotamiento y la soledad propios del escritor. Para quien no los conozca, diré que este agotamiento y esta soledad son como los normales de toda la vida pero edulcorados, aburguesados, contrachapados y memos. Un escritor no suele estar solo, se rodea de gente constantemente. En segundo lugar los escritores trabajan bastante poco, ¡por qué iban a estar agotados!. Son sentimientos un poco de cartón piedra, exagerados y falsos, pero según estaba la habitación de gente... esos sentimientos entran y agobian, no sirven para otra cosa pero agobian.
Suena el timbre.
Es un antiguo profesor de literatura del instituto. El que me puso sobresaliente en aquella redacción. Que pasaba por aquí... pienso notefastidia y digo encantado, pase.
Voy a cerrar la puerta y aparecen mi padre, unos tíos, y el abuelo que escribió una novelita de joven. Recupero mi sitio delante del ordenador a duras penas. Voy a darle a la primera tecla cuando noto el aliento de todos vosotros en la nuca y el dedo no consigue alcanzar el plástico. Así que me levanto y os mando a todos a tomar viento fresco (a sabiendas de que eso, esta precisa noche, en Madrid, plena ola de calor, es imposible). Os habéis ido a regañadientes, unos más que otros, y yo me he puesto un vaso grande de agua (que en mi relato aparecerá como güisqui).
Ya estoy listo.
Solo.
Pero como empecé el día de currante, seguí de aficionado al bricolaje y acabé de padre.... no sé, estoy cansado y se me cierran los ojos. Y es una pena porque liberado de vuestras miradas empezaba a sentirme pleno y se me ocurrían muchas cosas. Alguna de ellas incluso ingeniosa.
Hace calor.
Y estoy desnudo de cintura para arriba. Esto no lo había dicho.
lunes, 4 de septiembre de 2006
Londres, ¡qué ciudad! (3)
Santander-Londres: 1.40 horas.
Londres (Stansted)-Nottinh Hill: 1.40 horas.
En fin. Vuelvo de un fin de semana en Santander. Playa, boda, cava... Felicidad. Me deprimo. No sabéis hasta qué punto. A la hora de cenar oigo: "Como las inglesas se ponen la falda sobre el pantalón, yo también". Conclusión: C. se acaba de integrar en este país.
No, no pienso ponerme falda como los escoceses. Hoy no.
Londres (Stansted)-Nottinh Hill: 1.40 horas.
En fin. Vuelvo de un fin de semana en Santander. Playa, boda, cava... Felicidad. Me deprimo. No sabéis hasta qué punto. A la hora de cenar oigo: "Como las inglesas se ponen la falda sobre el pantalón, yo también". Conclusión: C. se acaba de integrar en este país.
No, no pienso ponerme falda como los escoceses. Hoy no.
domingo, 3 de septiembre de 2006
Vecinos de colores
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Escribiendo en la cama
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