Le proporciono un traumatismo
craneo-encefálico a una hormiga que me incomoda paseándose delante de mi plato con arrogancia.
Lo hago con el índice.
Al levantar, en vez de estar
despatarrada sale corriendo, dando vueltas, a lo loco. Me pregunto si será un último estertor, si habrá visto al
Dios de las hormigas o una luz blanca al fondo y se acordará de cuando era pequeña.
Me lo pregunto durante unos tres segundos.
Me limpio el dedo con la servilleta y pincho otro trozo de calabacín.
No me gustaría ser
hormiga arrogante con traumatismo craneoencefálico.
Es muy pequeña. Como la mitad que ésas que observaba de pequeño. Más o menos el doble de pequeña (¿o se dice "la mitad de pequeña"?).
Maybe yo soy el doble de grande.
Maldito relativismo, vamos a acabar por volvernos todos locos.
Llega tarde el avión de
Air Plus Comet.
Por mucho que me burle tengo que reconocer que envidio la posibilidad de andar por paredes y techo. Sí, qué pasa. Y también la capacidad para sobrevivir sin rasguños a una caída de una altura cien veces mi estatura.
No envidio, todo lo contrario, me repugna, el ser todas iguales y moverse con ese aire marcial que parece que no tienen cerebro ni libre albedrío ni nada. Si yo fuera hormiga me podríais reconocer por ser gordita, llevar una camiseta de un color chillón o unas sandalias cantosas y un
iPod. Como persona no me hace falta el
iPod, pero como hormiga me sería muy necesario. Para combatir el aburrimiento.