jueves, 5 de mayo de 2005

Postal VII


Lo que más disfruté de mi viaje a Génova fue recorrer los escenarios donde se había rodado Marco, la serie que tanto me emocionó de niño. Ahora en Viena, cuál no sería mi sorpresa al encontrarme así, de repente, con la mismísima Señorita Rottenmeier, que cuando no tiene que regañar a Heidi se relaja bastante.

Postal VI



Fíjense que preocupación tan grande tienen con la seguridad de los peatones que hasta a este león lo encierran para que no ataque a nadie ni se escape. En la estatua era rampante, pero ahora aprovecha para descansar.

Postal V



No tengo por costumbre entrar en las catedrales. Porque me desconciertan, me desasosiegan y además hace frío. Stephansdom. Esta vez entré. Y en seguida me percaté de que los arquitectos de siglos remotos tenían el mismo fallo que los de ahora. Al concebir un edificio tienen en cuenta muchos factores importantes, pero se olvidan de uno crucial: la persona que ha de limpiar los cristales.



Otra cosa que me fastidia profundamente de las catedrales es que no hay manera de hacerles una foto y que salgan enteras, no hay cámara que lo resista. Vean qué idea más buena ha tenido el alcalde de esta ciudad. Así los turistas podemos llevarnos la postalita con la tan ansiada visión de conjunto.

miércoles, 4 de mayo de 2005

Ventanilla

Soy de los que piden siempre ventanilla. E intento que sea delante o detrás, pero no en medio, que me da mucha rabia si me toca justo encima del ala.
Soy de los que se pasan el viaje mirando, intentando adivinar ¿qué ciudad será la que se ve ahí abajo?
Si voy de norte a sur por la tarde, por ejemplo, pido el lado izquierdo del avión, para que no me deslumbre el sol.
Y cuando conozco a una chica y veo que es maja, nos gustamos, y puede haber posibilidad de relación, a las primeras de cambio le pregunto: ¿tú eres de pasillo o de ventanilla? Si me dice ventanilla, la dejo. No me gusta discutir sobre las cosas importantes, y menos delante del mostrador de Iberia.

martes, 3 de mayo de 2005

En el Café Central

De todos los cafés de Viena me quedo con el Central. Y por eso quise volver el domingo, antes de dejar esa ciudad. Una familia de austriacos celebrando una comunión. El niño de marinerito.

Un trío de piano, contrabajo y violín tocaba las melodías que no escuché en un trasatlántico de los años cincuenta rumbo a Nueva York. Porque llegué tarde. "Si no hubiera tanta gente te sacaba a bailar". Se rió.

En la mesa de al lado, despistada, una muchacha triste.

El camarero llevaba la bandeja con tales bríos y tan generosa sonrisa que se diría que había tenido una noche de sexo trepidante o, en su defecto, le faltaban sólo cinco minutos para acabar la jornada.

La clientela no hacía caso, unos pocos aplaudían con desgana cuando acababa un tema, los demás no. Pero yo disfrutaba como un niño todas esas canciones decadentes y maravillosas. Los músicos se lo estaban pasando bien. Nos levantamos con intención de marchar. Entonces empezaron a tocar Hello, Dolly. "Déjame escuchar ésta, por favor. La última". Tiene algo especial el swing que te hace mover los pies, como unas cosquillas en el alma. Había bajado Dios -o Glenn Miller como su representante- y se había metido en el cuerpo de aquellos tres. Dejaron de sonar los cubiertos y las copas, se apagaron los murmullos. Y cuando resonaba la última nota, sobre ese silencio que precede a los aplausos, Dios se esfumó. Corriendo. Cruzó la calle. Yo no lo ví, pero la chica triste sentada en la mesa de al lado sí.

Leche Condensada

.....Al principio probé a tener leche normal, de ésa que viene en tetra brick. Yo no tomaba muchos cafés pero... por si venía alguien. Y aunque ofrecía cafés muy anfitrión a cuantos músicos pasaban por el estudio, la leche sobraba y acababa por ponerse mala. Busqué las tarrinas pequeñas de leche sintetizada que dan en los aviones, pero no las encontré. Al final me decanté por una propuesta del mismísimo lucifer en persona: leche condensada azucarada.
Cuando yo era pequeño, la leche condensada La Lechera vaciaba las consultas de los psiquiatras. Niños y mayores tomaban esa delicia y ya no les hacía falta nada más para ser felices. Las amas de casa lo combinaban con anís del mono y... entonces si que iba bien España, no ahora.

.....Mi hermana era adicta. Una niña flacucha que no comía nada pero que atacaba la nevera en cuanto mi madre se despistaba. Además, tomar leche condensada al asalto era peligrosísimo entonces, porque el envase era una lata y te podías cortar la lengua con el borde afilado, o incluso clavártela en la frente si te obcecabas en apurar el culillo. La leche condensada se deslizaba sinuosa desde el fondo de la lata como una actriz de Hollywood bajando unas escaleras sobre una alfombra roja: haciéndose desear. Y tú ahí, estirando la lengua y mirando de refilón por si aparecía mamá.

.....Mi madre era una buena madre que comulgaba con las más modernas teorías sobre la rehabilitación de toxicómanos y pensaba que, mejor que retirarnos la droga de golpe debía evitar los peligros de cortes en la cara que podía conllevar su consumo. Así que mamá practicaba un agujerito con el abrelatas en vez de abrir toda la tapa y mi hermana podía succionar sin peligro. Qué gran día aquel en que descubrimos que haciendo un segundo agujerito en la parte de arriba caía más. Yo no era muy goloso entonces, me he ido haciendo con los reveses de la vida, pero reconozco que algún lingotazo si que le daba al botecito.

.....Los tiempos han cambiado pero la leche condensada La Lechera sigue siendo un caprice de dieux. La sociedad actual la ha demonizado como casi todo aquello que da gustito y es barato. El colegio de psiquiatras sobornó a los dietistas para que hicieran campaña contra ella, querían recuperar la clientela. Y los dueños de la marca tuvieron que mejorar el diseño. Ahora el bote se puede almacenar boca abajo y así, cuando quieres tomar, no hace falta esperar a que caiga. La velocidad de chorro es regulable por apretón, porque el bote es de plástico flexible. Tiene un avanzadísimo sistema antigoteo. Y, esto es una concesión a los estrechos, contiene 250gr en vez del kilo habitual. Pero este inconveniente se soluciona comprando cuatro botes.

domingo, 1 de mayo de 2005

B/N



Me quedé sin color. Me convertí en un hombre en blanco y negro. Mi camisa, mis pantalones, mis zapatos, mis brazos, mis dedos... Todo en blanco y negro. En una carpa circular de donde colgaban unas luces anaranjadas. Lo único que tenía color eran esas luces anaranjadas.

Flores en blanco y negro, juguetes en blanco y negro, mariposas colgadas del techo, sombreros mexicano, racimos de uva, corazones, paraguas... En blanco y negro. Sabes que cada uno de esos objetos tiene un color. Lo tienes en la cabeza, pero dudas. Acaso las uvas son violetas o verdes, acaso ese corazón está pintado de rojo o de plateado. Aquellas flores son rosas, amarillas.

En una esquina de ese escenario silencioso, vacío, en blanco y negro hay dos linternas. Si las enciendes y enfocas a uno de los objetos... descubres su color. Las uvas son violetas, el corazón es rojo, el paraguas es un arcoiris, como el sombrero mexicano... Apagas y la vida se ve en blanco y negro, como sólo lo son las películas de blanco y negro, que a veces tienen un suspiro a color sepia.

Escribiendo en la cama

Estoy escribiendo en la cama. Tú duermes. Hace mucho calor esta primera noche del verano. Es por eso que has apartado la colcha de un...