viernes, 11 de agosto de 2006

Baldosa de esta cocina

Pasarán los años y yo seguiré siendo baldosa de esta cocina. No puedo asegurarlo al 100 por 100, pero casi. Y tú habrás llorado y se te habrán quemado más de una y más de dos paellas. Pasarán los años. Yo tendré más o menos roña, eso depende de ti. No es que me importe. Pasarán los años y te habrán abandonado mujeres insustituibles, amigos para siempre se habrán caído de la agenda, habrás ganado y perdido, tropezado y levantado... habrás pasado varias veces por la casilla de salida cobrando las 2000 pesetas.

Las estadísticas están de mi lado: duran más los pavimentos que los matrimonios. Sobre todo si son de gres (los pavimentos). Más que las lavadoras. Más que las bicicletas, mucho más que los coches. Menos que los hijos. Menos que las hipotecas.

Tú serás otras cosas. Puede incluso que no estés y que sean otros los ojos que me miran y otra la fregona que me limpia (ya está bien, podías cambiarla de vez en cuando). Yo en cambio seguiré siendo baldosa de esta cocina. Lo digo orgullosa, sí. Así que no me mires con cara de lelo y quítame el hueso de aceituna de encima ¡ahora mismo!

Te lo ordeno.

jueves, 10 de agosto de 2006

La Arena

Cuando llegué a la playa la arena era amarilla, más o menos. Y homogénea. La arena era... arena.

En cambio cuando me tumbé boca abajo y acerqué la nariz vi granos de arena de color negro, blanco, marfil, gris, rosa, marrón... Cada uno tenía su forma y su tamaño, era imposible encontrar dos iguales. La arena ya no era arena. Ya no era una cosa, era muchas cosas.

Así que, de la misma manera. la gente ya no sería nunca más gente, sería personas.

Cuestión de distancia.

martes, 8 de agosto de 2006

El avión

Me subí al avión. De los primeros. Me senté en mi fila, la 20, y desde allí vi pasar a casi todos los demás pasajeros.

En el caso de que el avión se estrellara en una cumbre recóndita y algunos sobreviviéramos, en el caso de que tardaran en encontrarnos... ¿a quién me comería primero?

Esto pasa porque el avión debía haber salido a las 2 y son las 5. Y sin probar bocado.

Me pido muslo. De esa morena que lleva una bolsa de Camper.

lunes, 7 de agosto de 2006

Deseos

Estamos en esa época del año en que la Tierra atraviesa una zona del universo llena de meteoritos. Por eso estos días se produce el fenómeno llamado "lluvia de estrellas" y es fácil ver estrellas fugaces.

Estoy tumbado en mi hamaca, mirando al cielo. En Madrid no es fácil ver las estrellas, sólo se pueden distinguir las más importantes, las estrellas de las estrellas. En cambio yo me armo de una fe sólida y miro durante un buen rato. Antes he elaborado una buena lista de deseos.

Como no se puede mirar al cielo entero elijo un trozo. No muy alto en el horizonte. Entre las dos parras. Al cabo de un rato veo la primera. Le pido trabajo, salud, dinero y amor. Sí, ya lo sé, no es poco, pero es que en la primera no soy muy concreto porque no sabe uno si va a ver alguna más. A medida que vengan otras -si es que vienen- iré concretando.

Al poco rato llega la segunda. Le pido una sartén antiadherente nueva, la que tengo está bastante desconchada y se pegan los huevos fritos. No hay nada que me fastidie tanto como que se me peguen los huevos fritos. Además es un deseo modesto - soy consciente- y por ello, dado que algunas estrellas fugaces son bastante roñosas, más factible.

La tercera. Vaya, qué buena suerte: he elegido bien la zona donde mirar. Le pido una buena novia que se haga cargo de mis desajustes perceptivos y mis montañas rusas emocionales y que me quiera como se quiere a un director de oficina bancaria: a plazo fijo y con interés creciente.

La cuarta. ¡Ésta es mi noche! Buena fortuna para mis amigos.

La quinta. Que no se me seque la glicinia, que este año está muy bonita.

La sexta. Paz en el mundo. Aquí, a lo mejor me estoy pasando. Alterno deseos fáciles y difíciles para que las estrellas fugaces no se me agobien. Y también porque no tengo claro qué criterios siguen las estrellas fugaces a la hora de decidir si conceden un deseo u otro. Tampoco sé si tienen preferencia los deseos en el ámbito municipal, autonómico, estatal o mundial.

Después la séptima. No me acuerdo qué le he pedido. Ah, ya; mejor memoria.

En la octava noto como una trayectoria curva. En la novena se confirma, la trayectoria es curva. Yo no soy un ecperto en estrellas fugaces, más vien un aficionado, pero siempre había pensado que las trayectorias eran escrupulosamente rectas.

La décima hace la figura de un ocho y salto de la hamaca sorprendido y admirado: o se me está yendo la pinza o soy testigo de un espectáculo astronómico sin parangón que mañana será portada el todos los periódicos.

Tras mirar un minuto me doy cuenta que un haz de luz proveniente de la cocina atraviesa la terraza justo por donde yo estaba mirando y que un mosquito está dando vueltas. Cuando atraviesa el haz se ve blanco y cuando sale de él es invisible.

He estado pidiéndole deseos a un mosquito. No es que desconfíe de él, pero me siento un poco frustrado. Aunque a decir verdad, no se ha demostrado científicamente que los mosquitos no concedan deseos.

Me levanto y bajo a contároslo.

viernes, 4 de agosto de 2006

Ella

Cómo se lo digo. Cómo se lo escribo. Cómo se lo dibujo. ¿Alguna sugerencia? Se admiten propuestas. Honestas y deshonestas. Se admiten versos y penurias. Cómo se lo digo. La miro a los ojos y se lo digo. Le doy un beso en la comisura de los labios y luego se lo digo. Le acaricio la mejilla con el envés de mi mano y la miro a los ojos y le beso la comisura de los labios y luego se lo digo. No le deis más vueltas. No tenéis ni idea. Ella. Sólo ella sabe lo que le quiero decir.

Cómo se lo digo. Cómo se lo escribo. Cómo se lo dibujo. El corazón suena ptptptpt. No tenéis ni idea. Ella. Ella sólo sabe descifrar el ruido de una pe y una te que se pegan en una palabra sin fin pero con un fin. Asiento 20F, o el 8C, habitación 1015, 0704, 17, 31, 13, 7 y todos los números que marcan una historia que va a y viene y siempre está.

Cómo se lo digo. Cómo se lo escribo. Cómo se lo dibujo. Acaso un corazón en el cristal del coche. Acaso gominolas de cocacola diciendo te amo, acaso sin palabras, sólo cogiéndola de la mano y saltando al vacío. ¡Vamos!

jueves, 3 de agosto de 2006

Ayer

Sí, fue ayer. Por la mañana. Me asaltó una melodía. Se quedó conmigo. Quedose no en el sentido de hacerme compañía sino en el de secuestrarme. A mí no me importa que me secuestren melodías, todo lo contrario: soy todo suyo, soy todo oídos. Hago como que me resisto pero es pura impostura. Sol, Fa, Fa... La, Si, Do (sostenido), Re, Mi, Fa, Mi, Re, Re... ¿Buena? No, buenísima. Era una sensación nueva. Después de un montón de años escribiendo canciones era la primera vez que inequívocamente tenía la sensación de estar acariciando con la punta de los dedos un hit internacional. Siempre he sido muy malo estimándole la recaudación a una melodía recién nacida. Nunca me atrevía a decir si se parecía al padre o a la madre, o si iba a entrar en el Top10 o a quedarse en cara B. Pero esta vez lo tenía clarísimo: pedazo de canción. A lo largo de la mañana fueron saliendo las demás frases, la estructura (sencilla: estrofa y estribillo, sin puente, ni Intro, ni falta que le hacían). El disgusto llegó cuando empecé a escribir la letra y me salía en inglés. Yesterday, all my troubles seem so far away. ¡¡Qué faena!! (Yo aquí escribiría "Qué putada") pero el libro de estilo de este blog lo impide). Me acababa de inventar Yesterday de Lennon y McCartney. Por un momento estuve tentado de cambiar la tercera nota de Fa a Do quitarle la alteración al Do, ponerle una letra distinta y registrarla como propia. Pero era un movimiento a la desesperada, me dí cuenta, y al darme cuenta se me fueron cayendo los palos del sombrajo. Del sombrajo musical. ¡Qué rabia! Con lo cerca que la había tenído. Ayer.

martes, 1 de agosto de 2006

Reflexiones para una despedida

Es difícil gestionar los adioses cuando tienen sabor de se acabó; una punzada en el paladar que no deja el hasta luego. Los adioses no se encuentran en la estantería de los dulces o los salados. Se encuentran en la repisa de los sinsabores. Sólo en tiendas especializadas. Ridículo que un sinsabor sea desagradable... si no sabe a nada de nada, más que a pena, que es algo sin sabor... pero con dolor.

El sinsabor no sabe a felicidad, pero tampoco a tristeza. El sinsabor no es una lágrima convulsa expulsada por el lloro rabioso; tampoco una lágrima desenfrenada liberada por el éxtasis. No es nada, pero los adioses son sinsabores.

La gente huye de los adioses dándoles la espalda o negándoles un saludo, siquiera otro adiós. La gente teme los adioses propios y ajenos; los adioses de se acabó aunque no les pertenezcan porque la gente huye de la vida porque la muerte es más llevadera.

Sobre la mesa, a cincuenta y tres centímetros y medio de mi mano derecha, hay un sobre blanco con dos palabras: Facturas Londres. Londres pasa factura antes de aparecer en el horizonte como una certeza, porque hoy es un destino del que huir pero al que los errores continuos me acercan sin el menor descaro. Facturas Londres. Es su letra. Letra de adioses de se acabó porque las sonrisas, el cariño, el pasado sin futuro pero con fruto no pueden pretender un hasta luego, aunque tengan derecho a ello. La vida pasa y mi amiga Angela recuerda a Jodorowsky para advertir que la vida se empieza tantas veces como uno quiere... y cuando uno quiere. Es lo único que me convence de este tipo.

La teoría de los vivos muertos y los vivos vivos surgió en la soledad de la granja, en la distancia de la gente que se quiere, que se ama, que se adora... La teoría de los vivos muertos y los vivos vivos surgió natural y sin previo aviso en la conversación con la otra mano (*) un viernes que mi vida eran dos vidas y no tuve más remedio que juntarlas de nuevo porque el desgarro llevaba camino de ser definitivo.

El viernes un avión me llavará a Londres para que revise las facturas que aún tengo pendientes. Y no sé cuándo me devolverá a donde quiero estar, porque lo que tengo claro es dónde no quiero estar.

(*) La otra mano habla con serenidad conversaciones inversas, porque era esta mano la que decía las cosas que esa mano dice ahora y que esta mano escucha atenta. Invierno/primavera de no sé cuándo... La otra mano es una mano imprescindible, porque es una mano que detrás tiene un amigo de los que te dicen las cosas con amor pero con precisión. La precisión es dolorosa en boca de los enemigos, pero los amigos la convierten en verdad, en alimento imprescindible para seguir sufriendo. Sí, para sufrir, que es un paso que nadie se puede saltar antes de volver a ser feliz. Y yo quiero ser feliz, que también tengo derecho.

Escribiendo en la cama

Estoy escribiendo en la cama. Tú duermes. Hace mucho calor esta primera noche del verano. Es por eso que has apartado la colcha de un...