Desde pequeño mi padre me insistió en que debía ser coherente. Que si elegía hacer algo, tenía que hacerlo bien, y acabarlo. Que si tomaba un camino tenía que seguirlo hasta sus últimas consecuencias. Él era recto y constante.
A mis treintaymuchos miro hacia atrás y pienso que sí.
Porque aunque nos resistamos, acabamos interiorizando los discursos y los ejemplos de nuestros padres. Es verdad, también, y de alguna manera, que los adaptamos a los tiempos y a las circunstancias. Se podría decir que los revisamos y los corregimos, como se hace con los diccionarios.
Después de un examen de conciencia riguroso, llego a la conclusión de que yo siempre he sido consecuente con mis dudas, siempre he sido fiel a mis contradicciones. Y mi manera escrupulosa de sopesar todas las posibilidades antes de tomar una decisión, ha hecho que tomara pocas y las revisara al menor signo de error, y volviera al principio, a reiniciar el proceso, si detectaba algún vicio en el contenido o la forma.
Soy coherente con mi naturaleza errante. Justo como mi padre quería.
Pequeñas historias, melodías de insomnio, mensajes en envases de aire, días de tristelicidad...
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¡Y yo que me doy por aludido!
ResponderEliminar¿Por qué treintaymuchos y no cuartentaypocos?
ResponderEliminarPues es que este cuerpo es raro. Y una de las manos tiene treintaymuchos y la otra cuarentaypocos.
ResponderEliminar¿Es que todavia hay que explicar que aquí hay una mano que toca y otra que escribe, una calva y la otra canosa, una flquita y la otra gordita...?
¿O es que eres nuevo Usuario anónimo?
Manolondinensa y Manomadrileña os tengo controlados,soy un anónimo fiel.
ResponderEliminar¡¡Qué tiempos aquéllos en los que había que adivinar quién era quién!!
ResponderEliminar...Y aquella fiesta...
¿Verdad Cenicienta?