Miro las botas emparejadas al lado de la cama.
Sucias. Viejas.
No pueden disimular, llevan muchos caminos a cuestas.
Si me quedo en silencio parece que respiran. No apuntan hacia mí, sino hacia la ventana, hacia el exterior. Como el perro que araña la puerta para que lo saquen, mis botas siempre están dispuestas. Soy yo quien duda, ellas nunca se pararon en seco ni se negaron a saltar. Soy yo quien tiene miedo.
Pequeñas historias, melodías de insomnio, mensajes en envases de aire, días de tristelicidad...
jueves, 14 de julio de 2005
lunes, 11 de julio de 2005
Lenguas y cuchillos
La otra noche me invitaron a cenar en un restaurante caro. Era un sitio muy agradable, bien decorado, cómodo y sin petulancias. La comida estaba muy rica. Osea que era caro para mí, para lo que daban podía ser hasta barato. La camarera era muy guapa, llevaba una blusa blanca, corta, que dejaba ver un trozo de piel -carne- entre el ombligo -que no se veía- y la cinturilla del pantalón negro. Se movía como si las exquisiteces de la carta colmaran los apetitos de los clientes con holgura y ninguno se fuera a fijar en la carne de la camarera. Supongo. Pero se equivocaba.
No iba yo a contar lo de la camarera sino otro suceso más sabroso: tres mesas más allá estaba sentada una mujer bellísima. Al principio no la reconocí, pero, justo al terminas el foie con cinco apellidos... ¡coño! -perdón, quise poner "recórcholis"- pero si es Fanny Ardant. ¡Qué lástima que no esté aquí mi amigo F. Es que F. ha hecho público en muchas ocasiones que bebe los vientos por esta diva del cine. Disfruté de la cena, del lugar, del trozo de carne de la camarera, de la contemplación de Fanny Ardant, y -por adelantado- disfruté de contárselo a F. Ya me imaginaba: ¿a que no sabes a quien vi la otra noche?. Y me relamía. Es que soy muy disfrutón.
No os podéis imaginar con qué delicadeza pinchaba Fanny Ardant un trozo, se lo llevaba a los labios y cuando mi corazón daba un vuelco pensando en que se iba a estrellar contra la boca cerrada, la abría, justo en el último instante. ¡Qué coordinación! En 10 bocados dio cuenta de un Terriné de verduras acarameladas con virutas de jadeos de naranja y espuma de ajonjolí macerado a la esencia de ajete silvestre Chantyllón... poco hecho. Los conté, 10. Y después de masticar el último, se acercó el cuchillo a la boca y lo chupó.
Ahí yo tuve una macedonia de sentimientos enfrentados porque, por un lado el gesto me parecía burdo, de persona poco cultivada, pero por otro estaba lleno de sensualidad. Y de precisión, porque no se cortó la lengua o, si lo hizo, se tragó toda la sangre, que allí nadie se dio cuenta. La macedonia de sentimientos se me convirtió en incertidumbre e irritabilidad al no poder decantarme entre si que Fanny Ardant chupara el cuchillo al terminar un plato -lo hizo también con el segundo y con el postre- era una ordinariez y debía servir para que yo la destronara del Olimpo de mis insomios o en cambio era signo de sublime espontaneidad y merecedor de que yo destronara a todas las demás inquilinas dejándola a ella sola, y añadiera dos pisos a ese Olimpo y le instalara un jacuzzi.
Mis compañeros de mesa me notaron que estaba perdido en cavilaciones porque no probé el postre: Helado de leche bastante merengada con raspadura de limón sobre sopa fría de mango y crujiente de suspiros de chocolate -el crujiente de suspiros de chocolate era en realidad chococrispis macerados en el bolsillo de una niña de colegio de monjas, lo juro.
Cuando terminamos cogí mi bolso y dejé las elucubraciones, que no me gusta a mí llevarme nada de los restaurantes. Pero no pude evitar, al pasar a su lado, afinar el oído por si se le escapaba un eructito y jurarle amor eterno mirándole a la boca.
No iba yo a contar lo de la camarera sino otro suceso más sabroso: tres mesas más allá estaba sentada una mujer bellísima. Al principio no la reconocí, pero, justo al terminas el foie con cinco apellidos... ¡coño! -perdón, quise poner "recórcholis"- pero si es Fanny Ardant. ¡Qué lástima que no esté aquí mi amigo F. Es que F. ha hecho público en muchas ocasiones que bebe los vientos por esta diva del cine. Disfruté de la cena, del lugar, del trozo de carne de la camarera, de la contemplación de Fanny Ardant, y -por adelantado- disfruté de contárselo a F. Ya me imaginaba: ¿a que no sabes a quien vi la otra noche?. Y me relamía. Es que soy muy disfrutón.
No os podéis imaginar con qué delicadeza pinchaba Fanny Ardant un trozo, se lo llevaba a los labios y cuando mi corazón daba un vuelco pensando en que se iba a estrellar contra la boca cerrada, la abría, justo en el último instante. ¡Qué coordinación! En 10 bocados dio cuenta de un Terriné de verduras acarameladas con virutas de jadeos de naranja y espuma de ajonjolí macerado a la esencia de ajete silvestre Chantyllón... poco hecho. Los conté, 10. Y después de masticar el último, se acercó el cuchillo a la boca y lo chupó.
Ahí yo tuve una macedonia de sentimientos enfrentados porque, por un lado el gesto me parecía burdo, de persona poco cultivada, pero por otro estaba lleno de sensualidad. Y de precisión, porque no se cortó la lengua o, si lo hizo, se tragó toda la sangre, que allí nadie se dio cuenta. La macedonia de sentimientos se me convirtió en incertidumbre e irritabilidad al no poder decantarme entre si que Fanny Ardant chupara el cuchillo al terminar un plato -lo hizo también con el segundo y con el postre- era una ordinariez y debía servir para que yo la destronara del Olimpo de mis insomios o en cambio era signo de sublime espontaneidad y merecedor de que yo destronara a todas las demás inquilinas dejándola a ella sola, y añadiera dos pisos a ese Olimpo y le instalara un jacuzzi.
Mis compañeros de mesa me notaron que estaba perdido en cavilaciones porque no probé el postre: Helado de leche bastante merengada con raspadura de limón sobre sopa fría de mango y crujiente de suspiros de chocolate -el crujiente de suspiros de chocolate era en realidad chococrispis macerados en el bolsillo de una niña de colegio de monjas, lo juro.
Cuando terminamos cogí mi bolso y dejé las elucubraciones, que no me gusta a mí llevarme nada de los restaurantes. Pero no pude evitar, al pasar a su lado, afinar el oído por si se le escapaba un eructito y jurarle amor eterno mirándole a la boca.
sábado, 9 de julio de 2005
Insectos
Me he levantado con una tristeza esta mañana. Pequeña pero insistente como un mosquito en una noche de verano. Puede que sea de origen hormonal.
Me he despertado un par de veces cuando amanecía, me incomodaba el aire fresco que entraba por la ventana y había unos cuantos fantasmas tirando de las sábanas, viejos conocidos.
No se puede llamar a la comisaría y decir: por favor, vengan a llevarse unos fantasmas que me están molestando como ciudadano. Otro fallo del sistema.
No se puede llamar tampoco al zoo: tengo un ejemplar macho, otro hembra y un tercero al que no alcanzo a ver los genitales, se los regalo.
Me he levantado con una tristeza pequeña esta mañana. Antigua, profundamente mía, no voy a negarlo. He puesto un disco de Dinnah Washington por toda la casa para exorcizarla. Me he preparado una ensalada de lechuga y un sandwich de nocilla (ante el juez sólo reconoceré medio).
Al final he acabado en el blog.
El blog es como la maquina que llevaban los cazafantasmas de la película del mismo titulo, te permite abrir cajitas y meter en cada una un espectro. Cuando los miras una semana después ya no dan miedo. Pero tengo que mandar un email al soporte técnico de blogger, para decirles que mejoren el software, que corrijan el código, porque a veces los fantasmas se escapan. Y entonces vuelan hasta mi cama, empiezan a zarandearme tirando de las sábanas, abren la ventana sin permiso, y me levanto con una tristeza pequeña pero incordiante como una mosca en una siesta.
Me he despertado un par de veces cuando amanecía, me incomodaba el aire fresco que entraba por la ventana y había unos cuantos fantasmas tirando de las sábanas, viejos conocidos.
No se puede llamar a la comisaría y decir: por favor, vengan a llevarse unos fantasmas que me están molestando como ciudadano. Otro fallo del sistema.
No se puede llamar tampoco al zoo: tengo un ejemplar macho, otro hembra y un tercero al que no alcanzo a ver los genitales, se los regalo.
Me he levantado con una tristeza pequeña esta mañana. Antigua, profundamente mía, no voy a negarlo. He puesto un disco de Dinnah Washington por toda la casa para exorcizarla. Me he preparado una ensalada de lechuga y un sandwich de nocilla (ante el juez sólo reconoceré medio).
Al final he acabado en el blog.
El blog es como la maquina que llevaban los cazafantasmas de la película del mismo titulo, te permite abrir cajitas y meter en cada una un espectro. Cuando los miras una semana después ya no dan miedo. Pero tengo que mandar un email al soporte técnico de blogger, para decirles que mejoren el software, que corrijan el código, porque a veces los fantasmas se escapan. Y entonces vuelan hasta mi cama, empiezan a zarandearme tirando de las sábanas, abren la ventana sin permiso, y me levanto con una tristeza pequeña pero incordiante como una mosca en una siesta.
jueves, 7 de julio de 2005
Miércoles
Ayer había quedado con Javier y Mercedes para recoger el vestuario. Llegué tardé y con el desasosiego que me produce dormirme en el metro: sobresaltos a cada estación. "Madrid ya está eliminada, sólo quedan París y Londres" dijo Javier. Sentí cierta alegría. Parecida a la que tenía el día anterior ante la perspectiva de que nos dieran las olimpiadas. No puede ser que me alegre si nos las dan y que, cuando me dicen que no, enseguida le vea ventajas y me alegre también ¿a ver si va a ser que no tengo personalidad?
Esto pensaba mientras acarreábamos las bolsas hacia un taxi con lanza de Don Quijote y todo. Mercedes y Javier hablando de cosas suyas de actores, que yo no les entiendo mucho pero bueno. Que si fulanito o menganita están en esta o aquella serie. No es que no conozca a los aludidos, es que ni siquiera conozco las series. "Sí, hombre sí, ¿Cómo no le vas a conocer? el que hacía de empleado de la pescadería en Gente del Barrio de Telecinco".
La lanza de Don Quijote no cabía en el taxi, yo pensaba que el taxista nos iba a mandar a paseo (literal) pero se buscó la vida y la llevamos asomada por la ventana. Én este año Quijotesco en el que se ha inventado todo sobre el personaje de Cervantes a nadie se le ha ocurrido poner lanzas en los taxis (espero que la Fura no lea este blog porque no lo tengo registrado). Perdimos la punta en el recorrido desde Antón Martín a la Plaza Mayor, la de la lanza, que era de plástico pero parecía de verdad, y me extraña, porque no nos cruzamos con ningún molino.
Esto pensaba mientras acarreábamos las bolsas hacia un taxi con lanza de Don Quijote y todo. Mercedes y Javier hablando de cosas suyas de actores, que yo no les entiendo mucho pero bueno. Que si fulanito o menganita están en esta o aquella serie. No es que no conozca a los aludidos, es que ni siquiera conozco las series. "Sí, hombre sí, ¿Cómo no le vas a conocer? el que hacía de empleado de la pescadería en Gente del Barrio de Telecinco".
La lanza de Don Quijote no cabía en el taxi, yo pensaba que el taxista nos iba a mandar a paseo (literal) pero se buscó la vida y la llevamos asomada por la ventana. Én este año Quijotesco en el que se ha inventado todo sobre el personaje de Cervantes a nadie se le ha ocurrido poner lanzas en los taxis (espero que la Fura no lea este blog porque no lo tengo registrado). Perdimos la punta en el recorrido desde Antón Martín a la Plaza Mayor, la de la lanza, que era de plástico pero parecía de verdad, y me extraña, porque no nos cruzamos con ningún molino.
martes, 5 de julio de 2005
En la distancia
Veo Madrid diferente a 13.000 kilómetros de distancia. Es algo curioso. En la soledad de mi habitación de hotel, a las 02.52 de la madrugada, miro alrededor y veo edificios altos iluminados, una bahía hermosa con barcos flotando y oigo el zumbido del aire acondicionado. Tengo el cuerpo machacado, pegajoso por la humedad y la boca maltrecha por el cigarrillo de última hora. Me voy a dormir solo. Como ayer. La echo de menos. Mucho. En la distancia todo se ve diferente.
lunes, 4 de julio de 2005
Fidelidad
Entro en Caprabo. Compro ocho cocacolas laitlimón, una bandeja de setas, un filete de fletán y cuarto de jamón york.
Lo pongo en la cinta mientras miro a la mujer que va delante de mí. Miro lo que ha comprado: san jacobos congelados, gratinado de berenjenas congelado, pizza congelada, patatas prefritas congeladas y una caja de helados. Y también le miro el culo, acorde a lo que ha comprado, anodino y frío.
Sé que la cajera me preguntará si tengo tarjeta de fidelidad de Caprabo, y ya me empiezo a poner nervioso. Pero si le he contestado varias veces, a todas y cada una de las cajeras, que no. ¡Que no!, ¡que no! Esta es la del piercing en la ceja, a ésta también, concretamente el viernes.
.....-Once euros con veinte ¿tiene tarjeta de Caprabo?
.....-No
.....-¿Quiere hacérsela?
.....-Fidelidad... si yo le contara.
Lo pongo en la cinta mientras miro a la mujer que va delante de mí. Miro lo que ha comprado: san jacobos congelados, gratinado de berenjenas congelado, pizza congelada, patatas prefritas congeladas y una caja de helados. Y también le miro el culo, acorde a lo que ha comprado, anodino y frío.
Sé que la cajera me preguntará si tengo tarjeta de fidelidad de Caprabo, y ya me empiezo a poner nervioso. Pero si le he contestado varias veces, a todas y cada una de las cajeras, que no. ¡Que no!, ¡que no! Esta es la del piercing en la ceja, a ésta también, concretamente el viernes.
.....-Once euros con veinte ¿tiene tarjeta de Caprabo?
.....-No
.....-¿Quiere hacérsela?
.....-Fidelidad... si yo le contara.
viernes, 1 de julio de 2005
Manías
¿Mera excentricidad, enfermedad mental o algo intermedio? ¿Qué son, en realidad, las manías? Se lo pregunta The New York Times esta semana. Algunas de las que ¿tengo? ¿sufro? son:
-Vestirme por el lado izquierdo.
-Ponerme primero (en invierno, of course) los calcetines.
-Excomulgar a quienes chupan un cuchillo o muerden los cubiertos cuando comen.
-Comer helado si está muy duro.
-Tener un lápiz a mano cuando trabajo.
-Escuchar la música alta.
-Eludir las líneas de la acera mientras camino.
-No me gusta el color marrón.
-Me gusta el verde.
...............................
-Vestirme por el lado izquierdo.
-Ponerme primero (en invierno, of course) los calcetines.
-Excomulgar a quienes chupan un cuchillo o muerden los cubiertos cuando comen.
-Comer helado si está muy duro.
-Tener un lápiz a mano cuando trabajo.
-Escuchar la música alta.
-Eludir las líneas de la acera mientras camino.
-No me gusta el color marrón.
-Me gusta el verde.
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