Estuve en una casa bastante vieja, sin comodidades. Dormía en una habitación con dos camas. la ventana daba a la calle principal de Rodalquilar, a la única calle de Rodalquilar. Era ruidosa, a todas horas, pero no lo bastante como para molestarme el sueño. Mucho menos estropearme la vigilia.
Pensé que las baldosas de esa casa llevaban ahí desde bastante antes de que yo naciera. Por tanto ese suelo tenía mucha más experiencia de la vida que yo. Seguro que en ese cuarto habían sucedido encuentros amorosos, desencuentros, algún nacimiento, algún fallecimiento quizá. Igual que un hombre viejo lleva escrito en las arrugas de la cara los pasajes que ha vivido, esas baldosas tenían que llevar escritos millones de pisadas. Un montón de sabiduría vital estaba impresa en ese suelo. Si no es fácil descifrar los surcos de un rostro ya me dirán cómo narices leer las arrugas de una baldosa. Pero yo, estaba al fin y al cabo de vacaciones, tenía todo el tiempo para mirar aquel jeroglífico. Y a ello me entregaba cuando me despertaba de la siesta y C. seguía durmiendo en la cama de al lado.
7 días después no había alcanzado los detalles, la letra pequeña; pero había captado el mensaje pricipal que, como siempre, venía en forma de pregunta: ¿Por qué desequilibró el albañil la balanza en favor de las baldosas blancas? ¿Por qué no hizo bien el ajedrezy cedió ante esas cruces blancas?