
Me llama un amigo (
Luis es un nombre ficticio) para tomarnos una caña y me enseña esta carta. Según acabo de leerla le pido permiso para reproducirla en el blog y me lo da. No tiene desperdicio. Mi amigo Luis, que no se llama Luis, pide una botella de champán del caro y dos copas: "Lo que más lamento -me dice- es que no he sido capaz en esos años de apreciar su talento literario, los
destalentos, en cambio, se los he notado todos".
Querido
Luis:
No se puede estar enamorado de la persona con la que llevas viviendo
25 años: sabes demasiadas cosas de ella. Y aunque se pudiera, no sería recomendable. Va contra la higiene, va contra el buen gusto, es
antisocial e indecoroso. Es una ordinariez y una excentricidad. Sí, qué pasa, las dos cosas, ¿que soy contradictoria? sí ¿y qué?.
Se puede sentir cierto cariño hacia la persona con la que llevas viviendo
25 años pero ese sentimiento juega en la misma división que lo que se siente por el
gato, por el acuario o por la colección de sellos. Uno jamás se desprendería de una colección de sellos a la que ha dedicado cientos de horas, quizá miles, a lo largo de
25 años. pero de ahí a decir que la colección de sellos y esa persona son una pareja... hay un buen trecho.
Y yo, cariño, he decidido tirar a la basura la
colección de sellos. Vamos, que me voy, que me piro, que me abro.
Me parece mal no desearte. No es que no te desee físicamente (de la última vez hace años), es que ya ni te deseo las
buenas noches antes de darme la vuelta. Y además soy consciente de que tampoco despierto deseo en ti. Excepto el deseo ferviente de que apague la tele, me ponga la mano antes de eructar o recoja los pelos del lavabo.
Hablando de deseo, me parece mal desaprovechar uno que tengo apalabrado con Paco. no le quiero, qué tontería, pero me pone. Tú, cielo mío, ya sólo me pones de mala leche. Pero querer, lo que se dice querer, con
mayúsculas, yo sólo te he querido a ti: el gran amor de mi vida, mi hombre, el padre de mis hijos.
Tú y yo pasamos buenos y malos ratos juntos durante los primeros años y luego nos hemos acompañado en un aburrimiento inexpugnable. Por eso te dejo. Podría despedirme con un hastasiempre, un hastanunca, un vetealinfierno o algo parecido, pero prefiero hacerlo con mis mejores deseos que, me consta, son también tus mejores deseos: ¡
que te follen!