No subimos a la azotea para intentar arreglar nada. Lo hicimos por el puro placer. Porque la azotea es mi sitio favorito de una casa. Resultó también ser su lugar favorito. Hacía fresco, pero el sol había calentado las baldosas. Nos tumbamos. Al poco, el sol hizo como que se despedía, y, en efecto, se fue. Y aparecieron un montón de estrellas sobre nuestras cabezas. Las estrellas son mucho más hermosas que el sol. Pero son de otra manera, no sé, más discretas y prudentes. A diferencia del sol, o de la luna, ellas siempre están ahí. Pero no se encienden hasta que el astro rey se ha marchado. Para no hacerle sombra. Para no molestar. Son más en número, son, además, más hermosas, y lo saben. Pero ahí se quedan, ensimismadas, a sus cosas, ocultas mientras el sol se pasea de un lado al otro del cielo.
–¿Te imaginas lo que debe ser salir con alguien que no sabe mirar a las estrellas?
–Uf, qué pereza, yo creo que no podría.
Pequeñas historias, melodías de insomnio, mensajes en envases de aire, días de tristelicidad...
lunes, 20 de abril de 2009
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