miércoles, 7 de septiembre de 2005

Ese tipo gordito

Hay un tipo gordito que escribe como los ángeles y canta en susurros. Tiene el ingenio alterado y una capacidad curiosa de hilvanar ideas. Me gusta cuando coincidimos y cantamos/escribimos en el aire diálogos ridículos, absurdos y divertidos donde decimos las verdades más crueles y absolutas que imaginarse pueda. Da igual quién empieza. El otro sigue. Ni siquiera sé si somos conscientes, pero un día, sin saberlo, empezamos. Al rato, apuradas las cervezas, nos despedimos. Me metí en el coche. Conmigo, I. De golpe me lo dijo: "Me he quedado flipada mientras os escuchaba". Recapacité. I. estaba allí y no había dicho ni mú. Que I. no abra la boca es casi un imposible físico y metafísico, como la tristelicidad. Habrá que repetir, pero sin quedar ni darse cuenta.

Atormentado

Oigo el viento golpear contra la ventana. Llueve con fuerza. No abro los ojos. Son las cuatro y pico de la mañana. Lo sé porque es a las cuatro y pico de la mañana cuando suelo dar un paseo por la cama: me giro hacia la derecha, luego hacia la izquierda y otra vez hacia la derecha para regresar a la posición inicial, que nunca debía haber abandonado. No abro los ojos, digo, y empiezo a contar las gotas y a imaginarla bajo la tormenta, le hago fotos, ponte así, amor. Estiro un pie en busca de su calor. Una mano.

Un recuerdo me cruza por la cabeza y se moja. Era un recuerdo de verano y no llevaba gabardina. La lluvia lo pilló a traición. Lo echo. La elijo a ella. Le hago fotos. No abro los ojos. Escucho el ruido del agua contra el suelo. Me llega el olor a humedad. Ponte así, amor, levanta los brazos, juega con el agua.

Hay recuerdos insolentes, recuerdos que dejan de serlo de pesados que se ponen. Cogen una silla y se instalan allí sin pedir permiso. A ella la veo sentada allí, a la puerta del cine, leyendo el periódico mientras me espera. La veo a través del vaso de cerveza. El sol a su espalda. Me gusta su boca.

Abro los ojos. Miro el reloj. Sí, son las cuatro y pico. Llueve. ¿Me pongo calcetines o no?

martes, 6 de septiembre de 2005

Atardecía



Se le fueron los pies hacia el bullicio.
Quiso beber de los neones, confundirse con otros cuerpos sudados.
Meter los dedos en el enchufe que es la ciudad de noche.
Vailar.

Se quedó asomada al balcón como un suicida indeciso.
Viendo como se apagaban los colores y se abría una página doble en blanco y negro.
Quiso estar desnuda como la luna, o quizá ya lo estaba.
Bolar.

lunes, 5 de septiembre de 2005

¿Por qué las mujeres siempre quieren más?

Ayer fui a ver esta película. Y me gustó. Me la habían recomendado algunas chicas. Normalmente eso hace que generes unas expectativas y que salgas del cine pensando puesnoeraparatanto, pero no sucedió así. No es una peli que busque confrontación de géneros, y por eso a la salida no hubo cinefórum, mi compañera de cine y yo estábamos bastante de acuerdo con la directora. Lo único el título. ¿No sería mejor ¿Por qué las mujeres quieren otras cosas?

domingo, 4 de septiembre de 2005

El banderillero



Quedé con dos amigas en la Cervecería Alemana y se me fueron al Naturbier que hay al lado.
Además llegué seis minutos tarde porque en el lugar donde aparco habitualmente estaban rodando una película y tuve que dar un par de vueltas.

Se habían pedido una caña y una cocacolalait respectivamente y les había entrado un tipo flaco, alto y con el pelo recién cortado de peluquería. Me lo presentaron. No me acuerdo del nombre pero sí de que I. dijo: es banderillero. Él asintió. Ella apostilló: En sus ratos libres. Quizá llevado por un exceso de confianza, el banderillero me palmeó la barriguita y comentó algo de hacer ejercicio y una dieta. Para hacerse amigo mío. Pensé en voz alta: ríete, ríete, pero ya verás como a esa morena que tanto miras acabo llevándola yo a su casa. El banderillero estaba mucho mejor callado, sobre todo porque hablaba con la boca llena y se le caían las miguitas de panchitos, algunas describiendo trayectorias inverosímiles. Su pronunciación -incluso cuando tenía la boca vacía- era bastante deficiente, pero aún más lo era su repertorio dialéctico, y cuando dijo aquel "bomboncito, apunta mi teléfono" yo pensaba que había que contactar con alguien del Museo de Antropología porque el especimen no tenía desperdicio.

Por más que B. le miraba con cara de perro (perdón Mao) el chavalote no se rendía.
Al final se lo llevó un amigo, creo.

I.: Ése no era banderillero, ése era guardiacivil. O de la Guardia Real.

Las mujeres siempre me fascinan, qué instinto, qué intuición. Lo dijo con tal seguridad...

O.: ¿No era un poco cortito para Guardia Real? ¿La Guardia Real no es un cuerpo de élite?
I.: Yo he conocido Guardias Reales bastante más lerdos y, por otro lado, no me negarás que el cuerpo del gachó era de élite.

B. asintió con suficiencia como si no cupiera la menor duda.

Esta escena que acabo de describir sucedió casi literalmente y la reflexión a la que me condujo es enjundiosa: en qué país vivimos que cuando vemos a un zote redomado, ebrio y mintiendo, pensamos que pertenece a los cuerpos de seguridad del Estado. ¿Es ésta la España que queremos dejar a nuestros hijos? Seguro que algún comentero tiene algo que añadir.

P.D: A la morena, en efecto, acabé llevándola a su casa. Pero no supe redondear la buena fortuna que me había deparado la noche. Me faltó decisión, estrategia, arrojo y frescura, dones que destilaba el banderillero y sólo supe decir "Buenas noches" en vez de "bomboncito", "cruasán", "milhoja" o algún otro artículo de pastelería.

sábado, 3 de septiembre de 2005

Cartel

Al hilo de las etiquetas del colchón. Te miro y no estás aquí nos mandó esta imagen.

No hace falta comentar nada, el cartelito es suficientemente elocuente.



A nosotros nos gusta mucho que mandéis cosas y que escribáis, no nos cansaremos de decirlo. Porque algunas veces tenemos la sensación de estar rajando sentados en un banco, con las piernas colgando y sin tener claro si hay alguien al otro lado.

Por ejemplo: lo de la fiesta. No sabemos cuántos canapés hacer porque no tenemos ni idea de cuántos vais a venir. Parece que no hay ganas. Manifestaos, por favor.

jueves, 1 de septiembre de 2005

Re: Sin asunto

N.-Hacía mucho que no entraba, y he leído los últimos posts seguidos: noto cierta melancolía
O.-Pues... no sé. Si tú lo dices.

La cosa se ha quedado ahí, más o menos, pero. Otra vez me he vuelto a casa dándole mil vueltas a la frase, aprensivo e hipocondriaco como un Woody Allen. Porque N. es muy prudente y quizá donde dijo "melancolía" quería decir "tristeza".

La melancolía es una vieja conocida, sensible, exhibicionista y un poco quejica. En cambio la tristeza: la tristeza es mala gente.

En la Puerta de Toledo me he acercado a los chorros de los aspersores. Había uno desviado. Para que me salpicara y decir uh y ver si me hacía reaccionar. Cuando tienes pensamientos circulares, obsesivos, puede venirte bien un chorro de agua fría. Os aseguro que el de un aspersor, vale.

En Embajadores: "A ver si va a tener razón". "Bueno, tampoco pasa nada". "No soporto a la gente triste y menos si esa gente soy yo". "Ergo, no me soporto, ergo, vamos mal".

A veces me pongo una tristeza como otros se ponen un abrigo. La saco del cajón, la paseo para que se airee y, si me miro reflejado en un escaparate, hasta me veo guapo. Es una prenda que nos sienta bien a los payasos, debe ser que el marrón con rayitas finas combina con los colores de la cara. Pero otras veces es la tristeza quien me pilla a mí y me saca a la calle a punta de navaja y me paseo por las calles perdido y amenazado. Todo me da miedo.

Alfonso XII y el fresquito del Retiro, y ese verdor... un color que se huele. Igual que los azules suelen oler a mar y algunos amarillos a pan tierno. Concluyo: yo creo que no es tristeza, que es una digestión pesada.

Velázquez con el primer semáforo en rojo. A ver si va a ser tristelicidad. Puede que esté sensible, nada más. Mimos. Los mimos no se sabe si son medicina real o placebo, lo que sí se sabe es que nunca hacen mal, no tienen efectos secundarios. Sí, crean adicción.

Velázquez con los demás en verde. O falta de sueño, o prisa, o cansancio. Intentaré que se me pase, intentaré que no se me note. Mañana me pondré la camiseta nueva y me daré sombra de ojos para evitar las ojeras, y me pintaré la raya y me pintaré los labios y pintaré la terraza grande. Y me sentaré al piano esquivando los boleros.

Hay frases que no escucho, y otras que se quedan rebotando como el eco en un cañón, del Colorado. Joder, N., qué puntería.

Mientras aparco me doy cuenta de que hay alguien esperándome. Sentada en la acera. Con una falda muy corta. Trae su bolsito rojo y las dos piernas, sí, no exagero, las dos. Y además, las trae como a mí me gusta, una a cada lado. Abro la puerta del portal para dejarla entrar, la cortesía viene muy bien para mirar su culo. No hay palabras, sólo toc toc subiendo las escaleras.
-Has tardado -dice.
-Es que he tenido una reunión de última hora. Conmigo mismo.
-¿Te apetece hablar?
-No, ya lo traigo todo hablado.

Escribiendo en la cama

Estoy escribiendo en la cama. Tú duermes. Hace mucho calor esta primera noche del verano. Es por eso que has apartado la colcha de un...