viernes, 11 de noviembre de 2005

A lo que salga

Escribo sin modelo, a lo que salga.
Escribo de memoria, de repente.
Escibo sobre mí, sobre la gente.
Como un trágico juego sin cartas, solitario,
barajo los colores, los amores,
las urbanas personas. las violentas palabras...
Y en vez de echarme al odio, o a la calle, escribo a lo que salga.
G. Fuertes

Esta mañana había quedado con una mujer para hablar de trabajo. Cuando se ha ido me ha dejado un libro de poesía. De regalo. Me he quedado pensando en la suerte que tengo. Por todo, pero, hoy en concreto, creo que tengo suerte de tener un trabajo en el que, de vez en cuando, se me cruza la poesía.

A veces resuenan en uno ciertas miradas, ciertos roces. A veces resuenan las palabras. Y la sensación no es muy diferente con las miradas, los roces o las palabras: resonar. Vibrar a la vez. Es que "conmover" me resulta muy de serie televisiva o de anuncio. Prefiero "resonar".

"Escribo a lo que salga, en vez de echarme al odio o a la calle".

Gracias.

Biblioteca

Tengo por biblioteca unos cuantos estantes.

No hay muchos libros, la verdad. Hay en cambio un montón de huecos.

Los huecos son de libros que nunca volvieron. También hay huecos de libros que me prestaron y después retorné a su dueño.

Entré los libros que presté y los que me prestaron tengo una extensa biblioteca de huecos. La contemplo de vez en cuando y me deleito en esos libros saboreados, compartidos... y pienso que quizá lo mejor de los libros sean esos espacios, los lugares que un día llenaron, en la estantería pero sobre todo en nosotros mismos.

jueves, 10 de noviembre de 2005

Firmas

Hola, buenos días:

Estoy recogiendo firmas para que la lujuria, la pereza y la gula dejen de estar considerados como pecados capitales.

¿Querría colaborar?

P.D.: Pienso mandárselo a Zapatero, así si quieres aprovechar para pedir algún otro pecado, o cualquier cosita que te venga bien, no lo dudes.

miércoles, 9 de noviembre de 2005

Bibi, la pequeña bruja

He tenido varias vidas en lo que al cine se refiere.

En la primera vida tenía un cine a la vuelta de la esquina, y allí veía las de Bruce Lee y las de Terence Hill y Bud Spencer porque eran las que ponían, ni más, ni menos. Todos las semanas hacía la cola del Cine Alvasan. El acomodador vivía en mi bloque, tenía una linterna Cegasa y regañaba si hablábamos.

La segunda vida comenzó cuando abrieron cinco salas en mi pueblo y el Cine Alvasan se convirtió en un todoacién. Allí, pues cine comercial y alguna ganadora de festival que ponían los jueves e íbamos cuatro.

La tercera vida comenzó con la facultad y una novia que decía que ella no estaba dispuesta a ver ni una de esas americanadas dobladas. Me adapté con facilidad a ver lotería: unos días buenas historias y otros muermos ensalzados por la crítica. Eso sí: todos leídos.

Ahora estoy en mi cuarta vida en lo que al cine se refiere. Y el domingo fui a ver Bibi la pequeña bruja y el misterio de los búhos azules. Gran cartón de palomitas y gran cocacolalait con dos pajitas gigantes. La anterior fue Wallace y Gromitt la rebelión de las verduras (¿por qué le ponen títulos tan largos a las películas de niños?. Las aventuras de Winnie the Pooh, Bob Esponja, Madagascar... esas son las últimas que he visto. A veces doy una cabezadita, lo reconozco; pero otras me meto en la historia, me dejo llevar... y lloro.

-Anda ya.

-Te lo juro.

-Joder O. ¿estás gilipollas o qué te pasa?

-Que sí, que me entrego; me identifico con las situaciones -no es difícil, están muy bien hechas- y cuando llega la escena sensible, pues lloro.

-¿Cuándo te pasó por primera vez

-Con Hermano Oso, a los 33 años, no veas qué lagrimones.

Y el domingo cuando al final de la película la amiga de Bibi se encuentra en un sueño con sus padres que se habían matado en un accidente de tráfico y la miran con ternura y ella a ellos y parece que se van a volver a unir pero al final se acaba el sueño y la pobre sigue paralítica y huérfana, y el único consuelo es un búho, y en cambio la chica sonríe y se conforma en vez de cagarse en la hostia puta que es lo que habría hecho cualquiera... pues servidor intentando contener el hipo.

Lo peor es que mi hija de siete años no llora. Yo tampoco lloraba a su edad, eso es verdad. Excepto con Bambi. Quien me diga que no lloró con Bambi es que no tiene corazón. Pero ahora... Yo he hecho una introspección y he llegado a la conclusión que el cine de arte y ensayo me ha afectado al sistema inmunológico sentimental. Por eso mi consejo es que si llevais muchos años en el rollo intelectual: directores con nombres difíciles, planos maravillosos (Lluliet Binosh tres minutos con la misma cara de pavisosa que no se sabe si va o viene pero que es vegetariana eso seguro), secuencias complejas llenas de matices, que tratan problemáticas sociales postestructuralistas, con una sintaxis exquisita y un discurso estético arrebatadoramente novedoso, estáis completamente indefensos frente a una película de niños. Y, si se os ocurre entrar, os podéis llevar un berrinche de cuidado.

Luego no digáis que no os he avisado.

martes, 8 de noviembre de 2005

La Opera

He estado en el Teatro Real.

Era la primera vez. Antes había estado dos veces antes en la ópera (Mozart y Brecht/Weil) pero nunca en el Real.

Y lo he pasado muy bien a pesar de que la obra era una chica feucha vestida con una ropa muy bonita y muy cara. Si hubiera estado mi abuela habría sentenciado: música ratonera.

Agradezco a C. que me haya invitado porque no he perdido ripio, estaba como un niño cuando le sueltan en una tienda de juguetes. Me ha gustado mucho la experiencia, todo era muy interesante. Por ejemplo, en un momento dado baja el telón y, cuando sube, el suelo del escenario se ha hundido. empieza a subir... y sale un árbol de 10 metros de alto y otros 10 de envargadura, no exagero ni un pelo. Sólo por ese instante merecía la pena estar allí. Claro que el hecho de que el momento culminante de una ópera haya que agradecérselo a la ingeniería en vez de a la música, da que pensar. Se notaba que había muchos muchos medios al servicio de buenos profesionales. El director, por ejemplo, iba muy guapo y no quería salir a saludar de humilde que era, pero le insistieron y no se pudo resistir. Había muchos figurantes, pero muchos. Un maravilloso vestuario, unas luces increibles, una escenografía muy efectista... pero no encontré ni un poquito de emoción.

Me he venido a casa con un interrogante:

¿Aguantarán las señoras de los palcos la respiración durante las dos horas y media que dura la función?¿Cómo hacen si no para que no les tintineen los collares y las pulseras? ¿Entrenarán en casa antes de salir? ¿Venderán en Gucci sordinas pulseriles? Es que ni en los pasajes pianissimo se oía un clinck clink. Fascinante.

Me he venido a casa con una respuesta:

Ya sé por qué no puedo ser rey. El palco real está a la vista de todos y con la facilidad que tengo yo para dormirme a la primera de cambio, imaginaos, qué mala imagen. Un rey no puede quedarse sobado en un espectáculo, está muy feo.

lunes, 7 de noviembre de 2005

Los Mandamientos

Cuando me despierto me dan puntos raros. ¿A ti no? Esta mañana he abierto los ojos pensando en los 10 Mandamientos de la Ley de Dios. He intentado recordarlos: hasta que no los digas todos no te levantas. Los he repasado una y otra vez y me faltaba uno. ¿Pero no me los habían grabado en la memoria ROM de pequeño?

Seguía buscando el que me faltaba, y no aparecía. Bueno, mientras espero a que aparezca aprovecho y me hago un examen de conciencia. Esta semana he codiciado a la mujer del prójimo, no he santificado ninguna fiesta, no estoy seguro de haber amado a Dios, ni de haber honrado a mis padres, eso sí he puesto las lavadoras necesarias y no me ha desteñido nada. ¿Actos impuros? pasapalabra. Si hubiera rebajas de temporada en los mandamientos nos los dejarían en Norrobarás y Nomatarás, los contundentes, que se entienden bien y se llevan sin mucho problema, digo yo. Sigue sin aparecer.

Cuando llego a la conclusión de que no encontraré el que me falta ni aunque me asome a las puertas del infierno o haga regresiones a la infancia cuento hasta 3 y salto de la cama.

Me han invitado F. y N. a comer en su casa, N. Ha hecho unas fabes con almejas muy ricas.

- ¿Vosotros os acordáis de los Mandamientos?

Me miran con cara entre preocupada y compasiva. Porque me quieren.

N.- Tienes que salir más, divertirte...

- Que no, mujer, que es que esta mañana me he levantado con esta copla.

Yo confiaba en N., que estudió en las monjas, pero me defrauda... en cambio F. -más ateo que Dios (Dios, si es un tío majo tiene que ser ateo, de otra manera sería autocomplaciente y ególatra y entonces no sería divino) se los sabe de verdad ¡¡¡los 10!!!. No entiendo nada.

sábado, 5 de noviembre de 2005

Ayer fui a Segovia

Yo detesto Segovia. Lo siento. Debe ser visceral o un trauma o algo, pero el caso es que la detesto. Me parecen muy bonitos sus monumentos, pero yo no vivo de monumentos. Me encantan sus comidas, pero eso no es suficiente. El resto lo detesto. Excepto a mi abuela. A ella la quiero. Por eso fui.

En vez de ir por la autopista cogí el camino de Navacerrada. Esto me hizo pensar que tengo rasgos psicológicos comunes con Caperucita Roja: voy a ver a mi abuelita, que está malita, y elijo el atajo que cruza el bosque en vez de el camino fácil. Como siento por Caperucita la devoción que otras tienen por Bradd Pitt, me sentí a gusto con las coincidencias. Y aproveché para silbar unas cancioncillas populares.

El trozo de carretera entre el puerto y La Granja es sencillamente precioso. Y conducirlo en otoño un placer. Llovía, olía a tierra y a verde: a cosas de verdad. Habían tirado unas cuantas toneladas de pintura amarilla y ocre y naranja y roja encima de los árboles que bordeaban la carretera y lo habían iluminado todo con una luz suave, filtrada con un poco de gris. En esto se gastan los millones de las subvenciones para fomentar el turismo. Me parece bien.

En Segovia compartí la tarde con mi abuela. Me había preparado tortilla de patata. Comí un trozo y me puso el resto en una tartera. "Llévatela hijo. Y un trozo de chorizo del pueblo". Mi abuela es la única persona del mundo que me ve mal alimentado.

Luego tomé unas cañas con J. Me dieron las tantas. Al volver, noche cerrada, elegí otra vez Navacerrada. No me crucé con nadie. La lluvia arreciaba y la carretera estaba llena de hojas y ramas arrancadas. Los faros del coche iluminaban un trozo demasiado pequeño de estas montañas. El lobo feroz lo tenía a huevo para darme un susto de muerte. Él sabe que yo le temo.

Me acercaba a la fuente que hay pasada la última curva. Suelo parar allí, pero no en noches como ésta. Le eché valor. Frené bruscamente, abrí la puerta, me acerqué a la fuente y dejé la tartera. Con las mismas volví al coche y al cerrar bajé el seguro.

Seguí el camino. Pensando en los días en los que no había coches, ni faros de los coches y la gente atravesaba los bosques para ir a ver a sus abuelitas enfermas. Desde luego ellos eran más valientes.

Escribiendo en la cama

Estoy escribiendo en la cama. Tú duermes. Hace mucho calor esta primera noche del verano. Es por eso que has apartado la colcha de un...