
Tengo
bastante vida interior.
Me lo noto yo. No estoy hablando de que se me muevan las
tripas, tenga parásitos intestinales o alguna infección.
Los domingos es el día que más
noto que tengo una gran vida interior, porque no me aburro, no tengo tiempo casi para descansar y paso las horas atendiendo pensamientos atrasados de la semana. Me llega un
pensamiento y, en vez de aparcarlo, le doy su sitio. Y su tiempo. Los pensamientos necesitan un espacio y un tiempo para cuajar, si no, se secan, menguan y acaban por desvanecerse. Los
domingos además, como no tengo que atender llamadas de trabajo (ójala fuera verdad para todos los domingos) aparecen algunos pensamientos nuevos, espontáneos, que brotan de tener un
ratito para mirar las flores de la terraza, las nubes del cielo o las migas de la mesa. O las burbujas del champán.
Laa burbujas suben, las nubes pasan de un lado a otro, las migas están quietas. Tres
maneras distintas de estar en el universo.
Yo, entre semana, soy burbuja o nube o miga, pero el domingo, si no me importunan, puedo ser las tres cosas sucesivamente, elevarme, vagar o estar quieto. Porque yo, los domingos, tengo mucha
vida interior.