Leo en una entrevista a una escritora que no conozco que, según ella, el mejor invento del siglo XX ha sido el teléfono móvil. Y pienso.
-¿Cómo quedábamos antes?
-¿Cómo eran las llamadas perdidas de entonces?
-¿Y si teníamos que avisar que llegábamos tarde?
-¿Y las urgencias?
Y me contesto. Vivíamos, indudablemente, mejor. Sin angustia, sin interrupciones, sin mono de mensajes, llamadas... El que llegaba tarde ya sabía dónde debía ir. La manada tenía sus costumbres y bien estaba aquí, o bien estaba allá. No había muchas alternativas. Si no podías ir, no pasaba nada. Como mucho, te localizaban desde una cabina. Previsamente, claro, la máquina se comía tu duro, como Dios manda. Las conversaciones no se interrumpían por el vibrador ni el soniquete. Tu lectura en el café de la esquina, tampoco. Nadie te dejaba con la palabra en la boca cuando ibas hablando por la calle y de golpe le sonaba el móvil y tu seguías con tu charla y cuando te querías dar cuenta, tu acompañante estaba a otra cosa. Al móvil.
Yo vivo enganchado al móvil. Lo adoro.
Pequeñas historias, melodías de insomnio, mensajes en envases de aire, días de tristelicidad...
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Lo detesto. En los últimos años el móvil ha interrumpido o impedido montones de momentos de intimidad. Decenas de personas competían por la atención de la persona con la que yo me encontraba. Llamadas o mensajes que, por supuesto, hay que contestar al momento, incluso mientras se mantiene una conversación cara a cara con otra persona. Los fines de semana la casa se nos llenaba de gente a través de su móvil. Gente, por supuesto que yo no compartía, puesto que el móvil es absolutamente personal. Y cuando finalmente decidí unirme al clan de los adictos (pero de forma moderada) fui sospechoso de tener un amante.
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