La chica que atiende la panadería del mercado de mi barrio es de algún país del este. Lleva gafas de pasta. Es flaca cual baguette. Y morena cual baguette olvidada en el horno más de una hora y más de dos.
La chica que atiende la panadería del mercado de mi barrio no controla bien el idioma. El nuestro. Y cuando le pido barra me da candeal, y si le pido de leña, me da 7 cereales. Y como, además, soy de los que cambia cada día dependiendo de lo que vaya a cocinar... pues peor.
Si yo fuera un fundamentalista de un tipo de pan concreto ya la habríamos tenido. En cambio ha ido a dar con alguien que carece de obsesiones, en el ámbito del pan.
La procedencia de la chica que atiende la panadería del mercado de mi barrio, así como su desconocimiento de nuestro idioma me han descubierto panes que nunca habría probado. Y están bien ricos.
Esto contradice la teoría de mi padre por la cual nunca se aprende de los errores ajenos.
Pequeñas historias, melodías de insomnio, mensajes en envases de aire, días de tristelicidad...
miércoles, 7 de marzo de 2007
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