La comunicación no existe.
La piel sí.
El tiempo no existe.
El momento sí.
La felicidad no existe,
tenemos la alegría, el humor
y el orgasmo para consolarnos.
Una tarde en que la primavera joven se peleaba con un invierno ya cansado. Sonó el teléfono. Que si daba mi apoyo a una campaña para declarar ilegal el beso con lengua. Uf.
Vale. Estoy de acuerdo en que somos sólo química y física. Todo lo que nos pasa se podría escribir con fómulas matemáticas. Dicen los científicos que todavía les faltan conocimientos. Yo creo que no hay huevos. Porque una de esas fórmulas debería describir los besos que se nos atragantan. Las caricias que se quedan en los bolsillos del pantalón la noche de un viernes raro y pasan por el prelavado, lavado y centrifugado. Los recuerdos del puto noviembre en que la conocí. La mala suerte. El vértigo. El helado de nueces de Macadamia. Su boca. El no soporto despertarme solo. Y aquel mar. Aquel mar ligeramente murciano que me abrasó. Su boca veneno bueno. Tremenda, adictiva. Aterrrizar en New Hampshire. Las cosas que ocurren dentro de una tienda de campaña. Su boca debe tener también una fórmula matemática como la tiene la nave Endeavor de la NASA. Pero más compleja.
Una tarde en que me da por el culo que el 99 por ciento de las canciones que se han escrito hablen de amor. Y de forma especial las rancheras.
La comunicación no existe.
La piel sí.
El tiempo no existe.
Menos aun el ayer.
La felicidad no existe.
Pero no me hace falta
si puedo hundir la cabeza
en el temblor de tu vientre.
Y desde ahí rezar: SOS.
Pequeñas historias, melodías de insomnio, mensajes en envases de aire, días de tristelicidad...
sábado, 31 de marzo de 2007
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