No siempre callo cuando debo.
Por falta de criterio, de oportunidad, de talento... pero sobre todo porque el verbo deber y yo no nos llevamos bien.
Al final no importan tanto las razones como las emociones, por mucho que te empeñes.
Si las razones no nos defienden de la soledad, si no nos ayudan a encontrar caminos... quién quiere estar del lado de las razones.
Incluso rodeado de gente se siente la soledad.
Porque la gente es razones y también emociones.
Pero menos.
¿Y te extraña que apueste por las emociones?
¿Y te extraña que reniegue de las razones?
No siempre callo cuando debo, ya lo sé.
Pequeñas historias, melodías de insomnio, mensajes en envases de aire, días de tristelicidad...
viernes, 10 de agosto de 2007
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