Se hunde el Titanic y yo estoy en mi camarote.
Al principio no me entero, luego salgo, sin prisas, a la cubierta.
El barco se escora y estoy tentado de arrojarle mi gin tonic.
Opción A:
-Mamarracho, hijo de puta, no te hundas, no seas cabrón.
Opción B:
-Olé tus huevos, derecho al fondo del mar.
Opción C:
-Si me hubieras avisado me habría traído otra ropa, esta no pega nada.
Si yo fuera de otra manera, gritaría: "las mujeres y los niños primero". O bajaría a la sala de máquinas a intentar tapar la vía de agua. No sé, alguna heroicidad, o un acto de villanía como meterme a codazos en un bote quitándole el sitio a una mujer emarazada, en estas circunstancias tan extremas vale todo.
Pero no, yo soy como soy, y ante este momento histórico-catastrófico-mundial, con mi batín de seda y mis pantuflas, observo a los pasajeros correr y gritar como ratas. Doy un sorbo. Y me tomo mi tiempo en elegir la frase.
Tengo que hacerlo con tiento, puesto que va a ser la última.
Pequeñas historias, melodías de insomnio, mensajes en envases de aire, días de tristelicidad...
viernes, 23 de enero de 2009
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