jueves, 17 de mayo de 2007

Ventanas abiertas

Son las siete y acabo de llegar del tajo. Trabajo de noche, cuando las calles están más tranquilas y todo el mundo duerme. Casi todo el mundo.

Hoy he estado poniendo Richargeres anunciando un coche y también Penelopecruces atusándose con una laca. En las marquesinas de los autobuses. Que no tengo yo muy claro por qué las llaman marquesinas. Ni si tienen algo que ver con el dulce que se llama marquesitas. Etimología caprichosa.

Tengo una llave especial. Desabrocho. Levanto el cristal. Retiro lo que hubiera. Enrollo. Desenrollo. Sujeto. Bajo el cristal y listo. También apunto si está fundido algún neón.

No lo pone el contrato, pero cuando termino una calle la recorro para ver qué tal me ha quedado. Y me llena de orgullo ver los Richargeres, o las Penelopecruces, o las Andymacdouels o los masimodutis o los iposes. Obtengo una satisfacción estética muy grande. Pero también una recompensa moral. Porque sé que mañana la gente que espere al 53 verá una cara nueva, lozana, refulgente... y en ese momento delicado, que si viene que si no viene, que si llego tarde, que si estará hasta arriba y tendré que ir de pie, que si estoy hasta los huevos del olor a chotillo emeté, en ese momento delicado el póster de la marquesina acompaña mucho, nos hace pensar en otra cosa. Lo mío es una labor social, oenegé total. Algunos de los compañeros, por darse importancia, se ponen en la tarjeta: Decorador Urbano. Yo he elegido Técnico Pintabarrios. Cuestión de modestia.

Son las siete y cuarto. El vecino de abajo ya ha abierto la ducha. Yo me he puesto un Shostakovich bajito.

Es primavera.

La ciudad se despereza.

Yo me meto en la cama.

Las ventanas abiertas.

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